Columna de Bárbara Sepúlveda – CEO & CoFounder Qcart
Si tuviera que elegir un tema que hoy debemos visibilizar con más fuerza en la industria del marketing y la publicidad digital, sería este: la innovación no sólo viene de la tecnología, sino también de nuevas formas de pensar y de liderar, y es algo que se educa desde niños.
Durante años hemos hablado de creatividad, transformación digital y tecnología en presentaciones, paneles y campañas. Pero en la práctica, innovar muchas veces significa algo bastante más simple (y más incómodo): empujar ideas nuevas cuando todavía nadie está completamente seguro de que van a funcionar.
Como fundadora de Qcart, una startup tecnológica que hoy trabaja con marcas y retailers en distintos países de Latinoamérica, me ha tocado vivir ese proceso muy de cerca. Convencer de que era posible conectar algo tan cotidiano como una receta o un contenido en redes sociales directamente con la compra no era una idea obvia hace algunos años. Hoy nuestra tecnología ya está operando en distintos mercados de la región, pero el camino para llegar ahí estuvo lleno de pruebas, conversaciones difíciles… y bastante creatividad fuera del manual.
Porque para mí innovar significa atreverse: exponerse, equivocarse y avanzar incluso cuando no hay certezas.
Pero esa capacidad no aparece de la nada. Tiene mucho que ver con cómo nos educan y con los ejemplos que vemos cuando crecemos.
En mi caso, crecí en una familia donde siempre vi a mi mamá y a mi papá como iguales. Los veía a ambos trabajar, opinar y tomar decisiones. Mi papá valoraba las distintas miradas que aportaban las mujeres en su equipo de trabajo, y mi mamá también nos mostraba con claridad su lugar y su aporte en el suyo.
Parte importante de nuestra educación fue aprender a enfrentar las situaciones como vinieran: resolver, adaptarnos, buscar caminos. Y muchas veces, para lograrlo, la creatividad era clave.
Porque innovar no es sólo tener una buena idea. Es aprender a desafiar el miedo y exponerse.
Si desde niños no aprendemos a enfrentar problemas, a resolver situaciones incómodas o incluso injustas, es difícil desarrollar después esa capacidad de cuestionar lo establecido y encontrar soluciones nuevas.
Innovar implica incomodarse. Intentar algo que puede no resultar. Y volver a intentarlo.
Por eso hoy, como madre de dos niños y emprendedora tecnológica, pienso mucho en los ejemplos que damos. En cómo educamos para que las próximas generaciones se atrevan a probar, a equivocarse y a volver a intentar.
El 8 de marzo muchas veces hablamos de brechas, representación o liderazgo femenino, y sin duda son conversaciones necesarias. Pero también creo que hay algo igual de importante: cómo educamos con el ejemplo.
Cómo enfrentamos los cambios.
Cómo empujamos las ideas.
Cómo nos levantamos cuando algo no resulta.
Y cómo seguimos intentando hasta lograrlo.
Porque innovar no es sólo tener buenas ideas.
Es tener el coraje de intentarlas.
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