Por Luciano Castellucci, Profesor Asociado Universidad Adolfo Ibáñez, Fundador y Director en AHORA Branding
En la industria nos hemos obsesionado con el Marketing descriptivo. Gastamos millones en Big Data y herramientas de escucha para que los algoritmos nos digan qué quiere la gente, para luego simplemente ponérselo enfrente. Operamos bajo el supuesto económico de que las preferencias son «exógenas»: que el consumidor ya viene con el deseo «de fábrica» y nosotros solo somos el espejo que lo refleja para optimizar la conversión.
Pero hay otra cara de la moneda que estamos ignorando por conveniencia: el Marketing formativo. Las preferencias no nacen en el vacío, se forman, se moldean y se transforman según el entorno. Y en este sistema, las marcas no somos espectadores, somos los arquitectos. No solo detectamos comportamientos, muchas veces los creamos.
La erosión del tejido social y polarización al alza se han convertido en el costo oculto de nuestra eficiencia. Si el Marketing solo se trata de optimizar el ROI de corto plazo, el impacto negativo en la comunidad termina siendo la externalidad de nuestra propia precisión. Los datos son brutales:
Nuestro trabajo no puede limitarse exclusivamente a mover la aguja de las ventas, cada campaña es un ladrillo en la construcción de la cultura.
“Si el Marketing tiene el poder de moldear conductas, tiene el deber de evolucionar la conciencia de la sociedad”.
En resumen, debemos dejar de ser descriptivos para ser formativos. No se trata de dejar de vender, sino de entender que posicionar una marca es, en el fondo, proponer un estándar de comportamiento. El desafío es decidir qué tipo de sociedad estamos ayudando a formar mientras intentamos cumplir con la meta del trimestre.
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